‘Hinbestigar’

Por Ricardo Campo

A los presuntos periodistas del misterio (los que venden supersticiones y tonterías ocultistas como las psicofonías, los aterrizajes de platillos volantes, las casas encantadas, la homeopatía y otras alternativas a la lógica elemental) se les llena la boca con la palabra investigar. Según el disfraz que utilizan habitualmente, presentarse en un lugar, entrevistar a un individuo, escribir un artículo con ello adornado con retórica vacua, aparecer como San Jorge después de matar al dragón y vender un producto caducado desde que es parido por sus neuronas, enfocadas únicamente a la producción en el sector más cutre de la industria cultural, es investigar. Sus puros intereses económicos y su inutilidad les hacen incapaces de explicar prácticamente nada de aquello en lo que ponen su diana de negociantes, y su proceder es más propio de una parodia de telecomediante que de alguien guiado por la natural satisfacción de encontrar explicaciones racionales para cosas y fenómenos de apariencia extraña. Si por ellos fuera, danzaríamos para que llueva, utilizaríamos sanguijuelas para curar enfermos y propondríamos como solución la aparición de alguna nave marciana cada vez que una gran estrella fugaz sea tomada por algo extraño por un testigo, todo sea por la magia y los enigmas de saldo.

Lo fenómenos naturales más triviales se convierten en milagros, las sospechas más ridículas en intuiciones de un orden oculto y las típicas especulaciones chifladas de siempre se presentan, cada fin de semana, como los hallazgos del milenio, del pasado y de este. Y sigan bailando. No importa, porque en el permanente reciclado de la chatarrería de creencias infundadas que es, por ejemplo, Cuarto milenio, cualquier plumilla con interés prioritario en embrollar, confundir y poner a la misma altura el sentido común y cualquier especie producto de la aparente ingesta de extrañas sustancias, nos contará que los aliens a sus anchas por el planeta, que las casas encantadas son todo un misterio, que los científicos han probado viejas creencias espiritistas, que el mundo es mágico (en realidad, una versión petarda del romanticismo decimonónico) y que todo esto puede ser un buen negocio para el avispado del turismo del más allá y del más acá de su farsa y su bolsillo.
Esta peste de la desinformación de los espacios dedicados al misterio provoca confusión entre los interesados, que llegan a creer que semejante pantomima se puede calificar de auténtica investigación, cuando no llega ni a periodismo de investigación con un mínimo de rigor. La investigación científica es complicada, muy aburrida para quien solo consume el habitual pienso compuesto televisivo y poco apta para los que prefieren dejarse engañar y creer que Indiana Jones hace arqueología, o que los ufólogos al uso han presentado alguna prueba de la existencia de vida alienígena (no hay, por ahora, ni una sola evidencia de tal, aunque a usted le cuenten mil películas al respecto). La investigación científica pretende explicar parcelas de la realidad, eliminar los misterios y los enigmas, no estar dándole vueltas a las mismas boberías un lustro tras otro, como hacen los divulgadores super-mágicos. Los problemas o misterios aparecen para ser resueltos: proponemos una hipótesis como solución al respecto; la sometemos a contrastación mediante la experimentación si es posible y, según su resultado, el misterio desaparecerá al encajarlo en una teoría previa o acabará provocando una revolución en el conocimiento, cosa que, sin duda, los vendedores de crecepelos paranormales no han logrado a pesar de llevar más un siglo pregonando las mismas ideas, ahora con ropajes tecnológicos.
Este proceso, que pretende minimizar al máximo sospechas, intuiciones, gustos personales, adulaciones y propagandas epatantes, debe estar acompañado siempre de una virtud: la del escepticismo. Los que lo niegan suelen disfrazarse de vanguardistas del conocimiento y se dedican a vender humo en la tele y en la radio, a hinbestigar en lugar de investigar. Y hay quien les paga por ello.