Mentes cerradas: la excusa de los cachanchanes de la nueva era

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Los usureros de las pseudociencias se suelen hacer ricos a cambio de la ingenuidad de sus clientes / DA

¿Tiene usted una mente cerrada?; no sabe lo que se pierde. No podrá acceder a todo un mundo de locuras y negocios del más allá, de maravillas sobre luces misteriosas, sanaciones milagrosas de rango homepático, nuevos paradigmas psicológicos y una sacadera de perras continua y alimentada por la prensa especializada. Aquí caben todos, desde la tarotista que se inventa cosas de su vida sobre la marcha al periodista-ufólogo-misteriófilo, pasando por toda una colección de canchanchanes de la nueva era y de lo alternativo.

El concepto de mente cerrada es lo suficientemente ambiguo como para que cualquiera que ladee un poco la cabeza y entorne los ojos ante alguna de las tonterías que el mercado de lo oculto produce mensualmente sea acusado de tener una mente totalmente impermeable a los enigmas, misterios y masallases fabricados en serie. Por tener una mente cerrada es usted un aguafiestas, alguien poco evolucionado; seguramente le molestarán los pelos en la sopa y exigirá factura al fontanero. Y encima querrá pruebas de todas las afirmaciones extravagantes que yo, amante del misterio y la magia, tengo expuestas en este top manta de la ciencia del nuevo milenio, al lado de los crecepelos, junto con las naves extraterrestres que nos visitan a diario y las medicinas alternativas que no curan ni el resfriado a una gallina.

Usted, como malvada mente cerrada que es, tendrá por costumbre -un vicio como otro cualquiera- usar el pensamiento crítico cuando sospeche que alguien intenta dársela con queso. Por ejemplo, cuando un vendedor de misterios le intente convencer con su labia de que los seres humanos convivieron con los dinosaurios (y que los científicos lo ocultan), de que Canarias es una tierra “mágica” (sea esto lo que sea, seguramente algo que engorda la cuenta corriente de quien lo sostiene), que los gobiernos ocultan la presencia de extraterrestres (hay centenares, miles de especies de los citados por aquí, según algunos periodistas, o algo parecido) o que fulanito puede prever el futuro (pero nunca juega a la lotería) y a usted no le apetezca tragarse estas cosas de un bocado, como la mayoría, tendrá la oportunidad de hacer preguntas, pero de las que resultan incómodas para el periodista. Cuanto más raro sea lo que oye, más preguntas habrá que hacer, habrá que ser más exigente y no conformarse con la palabra ni con el prestigio del experto (prestigio inversamente proporcional a su auténtica capacidad como investigador riguroso).

¿No le apetece saber si alguien le está intentando colar de rondón un hecho misterioso que no es tal?; ¿tal vez algo en lo que cree el periodista pero de lo que no hay pruebas a la altura? ¿Acaso no se sentirá satisfecho si halla puntos débiles en el razonamiento de un paranormalista que pretende haber demostrado algo aportando sólo rumores, leyendas y contaminantes creencias previas? Esto se hace con dos herramientas muy poderosas, bien orientadas: el conocimiento y la inteligencia, requisitos del pensamiento crítico, del que la gente de sonrisa perenne, buen rollo y negocio alternativo huyen como de la peste. Situarse de esta forma en ese mundo de maravillas artificiales es lo que algunos llaman tener una “mente cerrada”. En ese momento usted podrá felicitarse.

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