Coming up

Vicent Lunardi

La verdadera pasión de Vicent Lunardi eran los viajes en globo / DA

Llevaba sintiendo esa extraña sensación desde hacía mucho tiempo, demasiado. No quería que nadie se enterase, todo podía errar y –entonces- no sabía qué podría ocurrirle, el rey llevaría a cabo represalias contra su persona y no era cuestión de tentar al destino, se jugaba mucho.

Aquella mañana había visitado a sus familiares, les había dicho que en caso de fracasar, les rogaba que se repartieran los escasos bienes que poseía (en realidad no eran tantos, pensó). Subió al piso superior de la buhardilla, la estancia angosta y poco aireada que habitaba en la zona alta de la ciudad. Allí, al menos, podía estar lejos de los ruidos de la muchedumbre, esa masa de gente que en los últimos tiempos protestaba por cualquier motivo, subida de precios, impuestos, robos, asesinatos, violaciones. Pensó que la ciudad no era la misma, o quizás estaba igual, los nervios no le permitían discernir la realidad de la fantasía. A lo lejos oyó el ruido del agua del río, las campanas de la Catedral, el bullicio de la gente en el Mercado; los animales, especialmente los pájaros, e intuyó que estaban más inquietos que nunca. La turba sin embargo, como otro día cualquiera de los últimos tiempos, andaba buscando desesperadamente realizar cualquier fechoría que le permitiera llevar comida a sus hogares.

No había trabajo, se pasaba hambre, algunos niños eran robados, otros morían al ser abandonados por sus padres. Sin embargo, la ciudad hoy le parecía que había amanecido más alegre de lo habitual, a pesar de que los tiempos eran malos, había continuas revueltas y la gente hacía barricadas con cierta frecuencia. Decían que el rey iba a estar presente y eso hizo que sintiera preocupación.

Vincezo Lunardi

Vincezo Lunardi conmovió la sociedad londinense / DA

Se acicaló sin especial empeño, sus manos sudaban en exceso (qué podría hacer para evitar esto, no conocía ningún remedio para subsanar este defecto), le sucedía cada vez que debía enfrentarse a algo grave, serio, peligroso, difícil y terrorífico… Sabía que sus amigos esperaban en un extremo del bosque, en la zona donde los árboles formaban una formación curiosa que permitía, en cierta manera, reunirse al socaire, al abrigo de los vientos y del movimiento del follaje que poblaba de manera densa la zona. El encuentro era temprano, a una hora matutina en la que todavía los rayos del astro rey no han calentado lo suficiente y permitirían a los reunidos hablar y moverse a sus anchas manipulando el extraño artefacto, sin sentir los agobios del calor del mediodía. Caminando despacio llegó al lugar y – tal y como estaba previsto- allí estaban ellos. Observaron su figura con aire de extrañeza, aún no eran conscientes de lo que estaba sucediendo, de que se hubiera brindado a hacerlo. No, no creían que fuese capaz de realizarlo, de atreverse. Hasta que terminara todo no estaban seguros del éxito del evento, no podían confiar plenamente en ella, es que era…una mujer.

Epílogo.- Aunque Vicent Lunardi había llegado a Londres como diplomático, su auténtica pasión eran los viajes en globo, que se hallaban en fase muy primaria. Con tan solo veintidós años, de modales corteses y dicen las damas que apuesto de figura, este dandy solicitó un permiso para realizar un vuelo tripulado en globo junto con su socio George Biggin. Dicho vuelo, que suscitó gran expectación, lo iban a llevar a cabo sobre unos terrenos propiedad de la Artillería, cerca de Moorfields, en septiembre de 1784. Unas 200.000 personas asistieron al espectáculo que se había convocado por todo Londres con gran interés (hasta el rey anunció su asistencia). Para este acontecimiento el propio Lunardi gestó una trama que añadiera dramatismo al hecho (osando subir a la cesta a su perro y su gato).

Tuvo un enorme éxito, a pesar de que uno de los animales tuvo que ser bajado a tierra al ponerse muy enfermo, quizás de pánico. Tanto supuso este evento que se hicieron guantes, boinas y hasta zapatos de nombre Lunardi, un apelativo que se puso de moda. Llevado de su egolatrismo, llegó a crear hasta un club de fans. A dicho club pertenecía una joven de gráciles modales y mente inquieta que a Lunardi gustaba, quizás en demasía. Para conquistar su corazón, la invitó a un vuelo (sí, sí, a ella… una mujer) que aceptó nerviosa aunque de manera cortés. El día acordado subieron al globo, que se hallaba al sur del Támesis, en Saint George Fields, y habían decorado con la bandera de la Unión Jack; el propio Lunardi, Leticia Sage (así se llamaba la dama), su socio George Biggin y un coronel de nombre Hastings. Pero el globo no se elevaba por el peso, de ahí que –galantemente- dos de ellos abandonaron el artefacto dejando solos a la señorita Sage y al señor Biggin. Pero el aparato falló y, después de un tiempo de movimientos vehementes y un exiguo vuelo, aterrizó bruscamente en una granja cerca de Harrow, arrasando un extenso campo de cultivos. El propietario –colérico- intentó propinarles una paliza de la que pudieron escapar gracias a los chicos de una escuela cercana que los ocultaron en un establo. Los globos de hidrógeno se hicieron muy famosos, el dueño de la granja más pobre de lo que ya era…

 *Fátima Hernández es conservadora marina del Museo de la Naturaleza y el Hombre