“Las mujeres han sido injustamente minusvaloradas en la Ciencia por prevalecer un sesgo androcéntrico”

Carolina Martínez Pulido

Carolina Martínez Pulido en su despacho de la ULL / NATALE SANDOLI

Carolina Martínez Pulido es doctora en Biología de la ULL y especialista en el estudio de la mujer en la ciencia.

– En los albores del siglo XXI, usted dio un giro radical en su vertiente investigadora para abordar la cuestión Mujer y Ciencia, estudios que vieron la luz con la publicación de seis libros. ¿Qué causas le condujeron a decantarse por esta temática?

“El cambio experimentado por mi línea de investigación a mediados de la década de 1990 responde a un proyecto que venía acariciando desde hacía tiempo, principalmente estimulado por mi docencia. Todo empezó con unas clases relacionadas con la historia de la biología y la teoría de la evolución, impartidas en diversos seminarios. Tras las clases iniciales, poco a poco empezaron a cobrar cada vez más fuerza las consabidas preguntas: ¿Dónde están las mujeres? ¿No ha habido en la historia de la biología contribuciones femeninas? ¿Solo han investigado los hombres? Con la finalidad de dar el mayor rigor posible a las respuestas, me sumergí en un campo de trabajo que me atrapó por completo y me fue exigiendo una dedicación cada vez más exclusiva, que me ha llevado hasta el presente”.

– Sus publicaciones tienen como denominador común difundir la participación de las científicas en el contexto histórico en el que han desarrollado su labor, desde la Revolución Científica (siglo XVII) hasta el siglo XX, así como destacar la contribución de éstas en la construcción del conocimiento científico. Su principal juicio histórico es que éstas “han sido injustamente olvidadas o minusvaloradas por la prevalecer un sesgo androcéntrico”. Podría profundizar en estos objetivos.

“Para comenzar, quiero hacer hincapié en que no se puede estudiar la historia de la ciencia sin tener en cuenta, o menospreciando, el valor añadido por las mujeres científicas. Ellas no son tan pocas como tradicionalmente se ha venido creyendo. Es esta una falsa contabilidad debida, entre otras razones, a que sólo se aceptan aquellas que han tenido un éxito innegable, lo que proporciona la idea equivocada de que el trabajo científico de las mujeres es una sorprendente excepción y no un hecho frecuente. Sólo se recuerdan las mujeres que han hecho contribuciones realmente extraordinarias, criterio que no se aplica al trabajo masculino. La legión de anónimas que, sin embargo, han realizado trabajos menores representa un número nada despreciable. A los logros de ellas debería otorgárseles el mismo reconocimiento que a los pequeños descubrimientos realizados por los hombres; pero, evidentemente, no se sigue la misma escala de valores. Así pues, cuando se trata de indagar sobre la participación de la mujer en la ciencia, al menos en un primer momento, sólo salen a la luz esas pocas investigadoras ya bendecidas por el trabajo colosal. En suma, el injusto olvido que en particular han sufrido numerosas científicas que dedicaron sus esfuerzos a investigar queda reflejado en los manuales universitarios o en los libros de divulgación científica. Hasta hace poco tiempo, la casi totalidad del elenco de científicas era desdeñado. Lo insultante es que buena parte de sus aportaciones fueron adjudicadas a colegas masculinos que tuvieron más fama, o bien a los que eran directores de los equipos en los que ellas estaban integradas —engordando así un «vampirismo» socialmente admitido hasta nuestros días— o, para colmo, simplemente se consideraron contribuciones anónimas. Todo ello ha dado a la ciencia su carácter androcéntrico, construida y dominada por figuras masculinas. Afortunadamente en los últimos años esta situación ha empezado a cambiar, y algunos autores de importantes manuales están reparando «olvidos». De igual forma, la gran proliferación de trabajos realizados por un elevado número de estudiosas está consiguiendo que el tema vaya calando en la opinión pública en general”.

– Analicemos el recorrido cronológico del papel desempeñado por las mujeres en la ciencia. En los siglos XVII y XVIII, las naturalistas fueron artistas ilustradoras, coleccionistas, divulgadoras, científicas o escritoras. Sin embargo, hasta las últimas décadas del XIX, a las féminas se les vetó el acceso a las universidades, las academias y a algunas sociedades científicas. Podría hacernos una retrospectiva al respecto.

“La participación de las mujeres en la ciencia sólo puede darse a conocer con un mínimo de rigor si se articula en el contexto histórico en el que esas estudiosas fueron desarrollando su labor. Dicho esto, insistamos en que han estado presentes en la construcción del pensamiento científico desde la más remota antigüedad. A modo de ejemplo, en el colectivo de las naturalistas, principalmente botánicas y entomólogas, las féminas participaron en el conocimiento de manera significativa durante siglos. No obstante, la formación técnica y especializada estuvo mucho tiempo fuera del alcance de las mujeres, ya que las universidades europeas, salvo las italianas y las americanas, sólo les «abrieron» sus aulas a partir de las últimas décadas del siglo XIX. Es entonces, tras el impulso formativo, cuando en diversos ámbitos −sobre todo en ciencias experimentales, que requieren una sofisticada infraestructura− cuando se detecta una participación mucho mayor de científicas. La secuencia fue de efecto inmediato: formación e infraestructura adecuadas produjeron aportaciones al acervo de disciplinas como la biología experimental que han generado trabajos de investigación firmados por mujeres, algunos realmente brillantes. En las primeras décadas del siglo XX, la participación femenina fue creciendo paulatinamente (tengamos en cuenta, por ejemplo, que en España las mujeres pudieron matricularse libremente en la universidad solo a partir de 1910, aunque en años anteriores ya hubo universitarias que accedieron a los estudios tras saltar numerosas barreras y superar dificultades). La verdadera explosión de las mujeres en ciencia ha tenido lugar a partir de la segunda mitad del siglo XX”.

– “En la Europa de la Ilustración, primaron posturas sexistas y racistas basadas en elementos fisiológicos y anatómicas para reafirmar la supremacía del hombre blanco”, sentencia. El racismo y el sexismo tuvieron un profundo calado en la ciencia. ¿No le parece una anacronía el hecho de que muchos de los científicos que llevaban a cabo la Revolución Científica promulgaran estas ideas tan ancentrales?

“La mayoría de los hombres eruditos de los siglos XVII y XVIII que vivieron los inicios de la ciencia moderna y los albores de la Ilustración compartían la inercia mental de no involucrar a las mujeres en el libre acceso al conocimiento y a las prácticas científicas. A pesar de que se expresaban en nombre de una nueva revolución, salvo raras excepciones, ofrecían argumentos basados en los prejuicios de ideas misóginas. Mentes preclaras para el avance objetivo de las verdades, subjetivamente seguían alimentando esos antiguos modelos del apartheid de los géneros, aunque retóricamente hicieran continuas referencias a la «misión» liberadora para «la humanidad» de una investigación pretendidamente libre de ofuscaciones y tópicos irracionales. De hecho, hoy existen pocas dudas acerca de lo sucedido en los albores de la ciencia moderna con respecto a las mujeres. Como muy bien apunta Pilar Castrillo (2001): «Durante la Revolución Científica no hubo revolución alguna para la mujer ni para la consideración de su papel dentro de la ciencia». Los ropajes que envolvieron aquella revolución estaban tan impregnados de similares resabios y prejuicios como lo estuvieron en los tiempos de Aristóteles y de quienes le sucedieron en la antigüedad o en el Medioevo. Dicho esto, quiero afirmar que por supuesto que me parece un pensamiento anacrónico que, desgraciadamente, aún en nuestros días algunos −esperemos que cada vez menos− no han conseguido superar”.

Si quiere leer la entrevista entera y otras de interés cultural en el blog de http://doloreshernandezperiodista.com/