Chandra dentro de un agujero negro

Sbrahmanyan Chandrasekhar

Sbrahmanyan Chandrasekhar destacó desde muy joven / DA

En 1930, Sbrahmanyan Chandrasekhar era un joven hindú de 24 años de edad, natural de Lahore (ahora Pakistán), recién licenciado en físicas. En el colegio había destacado por su habilidad con las matemáticas, física y química e, incluso, en el estudio del sánscrito. A pesar de la falta de medios y libros adecuados, Chandra -que así le llamaban sus amigos- se las había apañado para adquirir unos aceptables conocimientos de una de las más novedosas teorías del momento: la mecánica cuántica fundada por Max Planck. Incluso ganó un concurso en la facultad gracias a un ensayo sobre esta materia, el premio era un libro y él pidió uno titulado: La constitución de las estrellas, de Sir Arthur Eddington.

Eddington era por entonces uno de los físicos más eminentes del planeta. Conquistó la fama tras un viaje a las Islas Príncipe, cerca de África, para observar el eclipse solar del 29 de mayo de 1919. La Teoría de la Relatividad General de Einstein había predicho que, al ocultarse el Sol tras la Luna durante el eclipse, la luz procedente de las estrellas cercanas al Astro Rey sería curvada por la gravedad solar falseando su posición en el firmamento.

Aunque la expedición tuvo muchos problemas, los datos recopilados demostraron que Einstein llevaba razón. Cuentan que, a su vuelta, un periodista le preguntó: “Sir Arthur, ¿es verdad que solo hay tres personas en el mundo que comprenden la Teoría de la Relatividad y que usted es una de ellas?”. Eddington quedó pensativo y contestó: “Estoy intentando averiguar quién es la tercera persona”.

Eddington ni siquiera había oído hablar de él, pero el joven Chandrashekar comprendía muy bien las teorías de Einstein. Recién licenciado, con el libro del físico inglés bajo el brazo, se embarcó hacia Inglaterra para estudiar en la Universidad de Cambridge, gracias a una beca del gobierno. Poco propenso a perder el tiempo, Chandra decidió enfrascarse en un problema durante la travesía: intentar descubrir la estructura interna de las estrellas denominadas “enanas blancas”.

Es maravilloso pensar que el cerebro humano pueda ser tan osado. Aquel jovenzuelo armado de papel y lápiz, luchando contra el tedio de un viaje de varios meses en barco, escribiendo extrañas ecuaciones pobladas de signos incomprensibles, fue capaz de descender hasta el mismísimo corazón de las estrellas.
Las ecuaciones fueron fluyendo, una tras otra, descifrando el complejo comportamiento de la estrella moribunda cuando el combustible nuclear se acaba. Chandra imaginaba la terrible lucha de la gravedad, que todo lo comprime, cuando desaparece la fuente de energía interna que calienta y expande la materia. Según las creencias de entonces, llegado un momento, las estrellas no se podían comprimir más y morían lentamente radiando el calor remanente al espacio hasta convertirse en cenizas errantes, oscuras y frías. Pero Chandra comprendió que la Teoría de la Relatividad tenía algo que decir a ese proceso y aplicó las ecuaciones de Einstein.
Para sorpresa del joven físico, los resultados de sus cálculos decían que cuando la masa de la estrella supera un límite (ahora establecido en 1,44 veces la masa del Sol), el astro se contrae más y más, hasta el infinito. La estrella moribunda se convierte entonces en un objeto extraño, pequeño e inmensamente densa, tan masiva que nada escapa a su atracción gravitatoria, ni siquiera la luz. Es un objeto enigmático, que engulle sin piedad todo lo que tiene alrededor: un agujero negro.

Eddington, el mismo que había creído a ciegas en las teorías del joven Einstein hasta el punto de embarcarse en un peligroso viaje para demostrarlas, no supo ver la extraordinaria creación de aquel joven hindú y puso en duda sus resultados. “Creo que debe haber una ley natural que impida a una estrella comportarse de forma tan absurda”- exclamó. La historia se repitió pero, una vez más, ganó la Ciencia. Chandrasekhar rompió los moldes y demostró que el Cosmos es muy diverso, dinámico y vivo, cargado de energía que evoluciona de infinitas maneras dando a luz a insospechadas maravillas. En 1983, la comunidad científica concedió el Premio Nobel de Física a Sbrahmanyan Chandrasekhar.

El 23 de Julio de 1999, la NASA puso en órbita el Observatorio de rayos-X Chandra. Este observatorio no puede ver los agujeros negros directamente pero sí puede detectarlos de manera indirecta, observando las emisiones de rayos X que libera la materia al caer en ellos. Gracias a Chandra y a otros instrumentos ahora sabemos que existen agujeros negros de muchos tamaños. Unos, enormes, habitan en el centro de las galaxias y tienen masas de miles de millones de soles, otros son más modestos, como GRS 1915, que tiene una masa de 10 soles y se alimenta del material que roba a una estrella compañera. Se habla, incluso, de mini agujeros negros del tamaño de partículas elementales.

La historia se repite una y otra vez: la juventud de Chandrasekhar, unida al conocimiento y a su trabajo extenuante, le proporcionó, gracias a su curiosidad, visiones insólitas del mundo. Como tantas veces sucede, la osadía de las nuevas ideas choca con las verdades establecidas y, sobre todo, con los que las defienden. Pero el conocimiento, como la juventud, no tiene color, raza o fronteras y, tarde o temprano, triunfa.