El (mal) llamado caso Gáldar: o cómo los OVNIs no llegaron a Canarias

 

22 de junio 1976, supuesto OVNI en Maspalomas

Imagen tomada desde Maspalomas (Gran Canaria) por un turista desconocido. Fue obtenida por la Guardia Civil en un estudio de fotografía de la localidad / DA

Como el lector sabe, Canarias es tierra de ovnis y de platillos volantes, simpático invento del periodismo paranormal en los años 70 que jamás consiguió documentar ni siquiera con indicios estadísticos, al menos. Esa querencia de los seres espaciales por Canarias en forma de zonas calientes, bases submarinas y alertas ovni como las de Encuentros en la tercera fase es un mito apoyado en la propaganda y en la necesidad de creer en tales cosas, impulsados por el pensamiento mágico y el periodismo de tercera. Por supuesto, Canarias, como cualquier otra región española, cuenta con una interesante casuística de extraños fenómenos celestes observados desde mediados del siglo XX, y entre ellos destacan cinco observados en los años 70, afortunadamente explicados, ya que su causa reside en el lanzamiento de misiles Poseidón desde submarinos de la Armada norteamericana en el Atlántico, frente a las islas. El ocurrido el 22 de junio de 1976 volvió a ser citado días atrás en la prensa local al fallecer el que pasaba por ser el “testigo principal”, el médico grancanario Francisco Julio Padrón León.

En torno a las 22:30 horas del día citado se vio desde todo el archipiélago una especie de cohete que surgió del mar en la lejanía, ascendiendo en vertical. Despedía una intensa luz roja que se desvaneció para formar nubes en espiral. A continuación se formó una intensa cúpula sobre el océano, transparente y de color blanco azulado, que se difuminó con el tiempo. Entre los testigos más relevantes se encuentran los tripulantes de la corbeta Atrevida de la Armada española. Se encontraba al sur de Fuerteventura, y su capitán dejó constancia de la observación en el cuaderno de bitácora.

Infinidad de personas observaron el fenómeno aquella noche, como queda constancia en la prensa los días posteriores. Al tratarse de un fenómeno real y espectacular, cada testigo lo interpretó a su manera, destacó un detalle frente a otros, aportó duraciones y orientaciones distintas y lo describió, en general, de manera particular, lo cual llevó a más de uno, todavía hoy, a engañase a sí mismo pensando que hubo “muchos fenómenos” aquella noche, cuando sólo hubo uno, de carácter artificial y del que nadie tenía la menor idea sobre su naturaleza. Entre esos asombrados testigos se encontraba el medico citado, que iba en taxi a visitar a una enferma en Piso Firme, en Gáldar. Pero ni el taxista ni el familiar de la enferma que los acompañaba vieron más que un gran resplandor, mientras que Padrón aseguró haber visto una esfera de treinta metros de diámetro dentro de la cual había dos seres de tres metros de altura vestidos de rojo frente a una especie de consola. Más arriba cité las tonalidades rojas y la cúpula apoyada en el horizonte producto, como en muchas otras ocasiones, del lanzamiento balístico divisado en la lejanía, cuyos gases reflejaban la luz solar a gran altura, aunque a nivel del mar ya era de noche. A partir de este aberrante testimonio, F. J. Padrón León se convirtió, por obra de la prensa local y más aún de los ufólogos vende platillos, en el testigo clave. Ignoraron completamente las otras muchas declaraciones que ofrecieron una descripción más ajustada a la realidad de lo visto; pero claro, eran menos espectaculares y no podían ser explotadas en el mercado del misterio. El caso no fue nunca “de Gáldar” ni hubo gigantes rojos: fue un único fenómeno de naturaleza gaseosa observado en todas las Islas Canarias al mismo tiempo en el que cada vecino interpretó lo que vio como pudo.

Padrón fue promocionado, contra toda lógica, como el que había visto el aterrizaje de una “nave” y unos “misteriosos seres”. En 1994 también quedó patente que la personalidad del médico era un tanto particular, al afirmar en una entrevista publicada el 15 de agosto en Diario de Las Palmas que los seres “tenían una facultad mental que no existe en la Tierra” (sic) y que “He observado, desde hace tres años, el caso de personas que me han hecho daño públicamente y a los seis o siete meses han muerto, hay como ocho personas a las que les ha costado la muerte, y todas ellas por cáncer”. También aseguraba que su capacidad de diagnóstico mejoró a partir de su visión, algo de lo que no hay prueba alguna y que hay que achacar a su particular psicología una vez más. Ya he citado en otras ocasiones el artículo de Manuel Borraz sobre este suceso (y otros de la misma familia) titulado Los gigantes de Gáldar y los avistamientos canarios. Allí Borraz realiza una interesante interpretación del testimonio del médico: “¿Por qué lo que para unos no era más que un círculo conteniendo dos formas rojas constituyó para el médico de Guía una verdadera teofanía con matices tecnológicos? Aquí la respuesta ya no pasa por el contraste sistemático de testimonios o la consideración de los procesos atmosféricos relacionados con el lanzamiento de misiles. Cabe pensar que cuando el testigo percibió una nave de una gran perfección con dos seres a bordo, todo ello desprendiendo una gran espiritualidad, se colmaban algunos de sus más íntimos deseos y expectativas -no necesariamente ufológicas-, su sed de trascendencia quizás. De alguna forma estaba aportando contenido y significado a la imagen que aparecía ante él. Definitivamente, las respuestas habría que buscarlas en la vida y la personalidad del testigo”. Esta vertiente crítica jamás fue explorada por la vergonzosa ufología española, un club de periodistas sensacionalistas sin capacidad para explicar un misterio jamás y donde históricamente se ha premiado la incompetencia.

Para ampliar esta información, el lector puede leer este artículo.