Swedenborg y los extraterrestres

 

Emmanuel Swedenborg

Emmanuel Swedenborg, ¿hablaba de visitas de extraterrestres en sus obras?

Poco después de que los platillos volantes se convirtieron, a principios de los años 50, en un mito occidental que aún hoy pervive en forma de series televisivas de nulo valor científico y en fotografías borrosas distribuidas al peso en Internet aparecieron individuos con intereses místicos y ocultistas que aseguraban haber mantenido contacto con las entidades extraterrestres que pilotaban los platillos. Esta unión entre tecnología y espiritualidad es característica de los cultos que surgieron alrededor de los más carismáticos de estos contactados con los seres del espacio y, en general, de toda la jerigonza de los paranormalistas y periodistas del “más allá”. Estos líderes carismáticos destacaban por su necesidad insaciable de enriquecerse y copular con cuantos congéneres se ponían a su alcance. Pero, como casi toda la oferta de productos del mercado del misterio, tampoco el asunto de los contactados con iluminados alienígenas es nuevo. Veamos un ejemplo.

En el pensamiento heterodoxo europeo destaca el científico y visionario sueco del siglo XVIII Emmanuel Swedenborg (1688-1772). Los discursos alternativos y espiritualistas contemporáneos tienen importantes semejanzas con el autor escandinavo, pues mezcló lo racional y lo irracional, los procedimientos científicos y los productos de su creativa imaginación, como intenta hacer el ocultismo desde el último tercio del siglo XIX y la New Age desde la segunda mitad del XX. Suele ser retratado como un visionario, un adelantado, una especie de Leonardo da Vinci dieciochesco, ya que fue fisiólogo, astrónomo, experto en explotaciones mineras, diplomático, inventor de artilugios para la navegación aérea y submarina, etc. Experimentó una transformación mística a partir de los 56 años que le llevó a dialogar directamente con entidades trascendentes.

Las publicaciones de Swedenborg a partir de 1745 son un corpus de obras visionarias, filosóficas, teológicas y místicas (Los arcanos celestes, Apocalipsis revelado, El Último Juicio y la Babilonia destruida, El Caballo blanco, etc.) en las que extrapola las
categorías del saber científico a la esfera espiritual. Estos productos literarios son resultado de la supuesta conexión con la divinidad por medio del viaje instantáneo del espíritu en trance, concepto que hoy hallamos en el viaje astral (creencia en la “salida del cuerpo sutil” durante el sueño o inducido por sustancias psicoactivas y que algunos periodistas difunden como si realmente se accediese a otro ámbito ontológico). Otros aspectos actuales de la visión swedenborgiana son el amor como pegamento y facilitador universal (renuncia a la base conflictiva de nuestra psicología) y la personalización absoluta de la trascendencia (el cielo como saldo o resultado directo de un estado previo terrenal de iluminación o decadencia).

En esos viajes imaginarios, Swedenborg no frecuentó únicamente a las entidades de la jerarquía celeste cristiana: también alcanzó a ver a habitantes de los planetas de nuestro sistema solar, pero nada dijo de los que giran alrededor del Sol más allá de la órbita de Saturno, Urano y Neptuno, que no habían sido descubiertos aún. Al igual que ocurrió con los astrólogos, no fue hasta que los astrónomos los descubrieron con sus telescopios que no fueron tenidos en cuenta por los muchos iluminados que vendrían después.

En su obra Sobre las tierras de nuestro Sistema Solar, Swedenborg asegura que su deseo de conocer la vida de otros habitantes de los planetas fue satisfecho por el Señor con visitas que podían durar días, semanas o meses. Todos estos seres eran humanos, aunque con variantes antropométricas. Los selenitas, por ejemplo, son de pequeña talla, como un niño humano de siete años, pero de potente voz, como un trueno, que es emitida expeliendo aire desde el abdomen. Todo ello viene acompañado de la enumeración de las cualidades morales de estos seres, normalmente superiores a nosotros, pero no libres de los defectos que nos caracterizan. Como dije más arriba, la aventura de contacto con estas entidades planetarias se repetiría en un grado mucho mayor en el siglo XX por medio de numerosos individuos inmersos en la creencia ufológico-religiosa.

Immanuel Kant tuvo tiempo para realizar una crítica de la obra de Swedenborg Arcania Caelestia. Según el pensador alemán, los ocho volúmenes de la Arcania (en la edición que el filósofo alemán adquirió a regañadientes animado por sus amigos “para que el lector amante de su economía no quiera sacrificar tan fácilmente siete libras esterlinas”) están llenos de disparates, y no cabe encontrar allí una gota de razón. De ellos sólo puede desprenderse una enseñanza negativa: la claridad con que uno ve que el camino tomado no lleva a ninguna parte. Podemos imaginar qué habría pensado hoy Kant de los cuartos milenios y del resto de la subcultura semejante que dispensan los medios de comunicación.