La película Lucy, un 10% de chorradas sobre el cerebro

 

Cartel de la película Lucy

Cartel de la película Lucy / DA

Aunque en la película Lucy salga Scarlett Johansson, la creencia de que usamos solo el 10% del cerebro es falsa, completamente falsa. Incluso aunque los parapsicólogos y algún mentalista tramposo pataleen, es falsa. La estupidez de que solo usamos el 10% de nuestra capacidad cerebral es un invento nacido entre los que se hacen pasar por dotados psíquicos, en realidad prestidigitadores y magos que prefieren engañar doblemente al público: legítimamente, con sus trucos, y de manera tramposa asegurando que tienen capacidades paranormales. Cuentos chinos, como ha demostrado hasta la saciedad James Randi. Si tal afirmación fuera cierta, sería interesante saber cuándo dejamos de usar el restante 90% de nuestro cerebro y por qué, y, si siempre estuvo inactivo, ¿por qué evolucionó una parte de nuestra anatomía completamente inútil durante millones de años? ¿Acaso no tenemos agallas para volar bajo tierra? Si tantas habilidades soterradas tenemos en nuestra mente, ¿cómo es que las perdimos?; ¿no eran tan útiles? ¿Cuándo van a perder los murciélagos la ecolocalización y las alas, cosas sobrantes para cazar insectos? Carlos Álvarez, en La parapsicología ¡vaya timo!, recuerda la presuposición básica en que está basada esta creencia: si realmente fuese cierto que solo usamos el 10% de nuestro cerebro en el resto deberían residir los poderes paranormales que algunos, como Uri Geller, sí han desarrollado. Pero lo cierto es que Geller es un simple prestidigitador que tiene los mismos poderes que cualquier otra persona que haya aprendido sus trucos, nada complicados, por otra parte. Álvarez incluye, en su crítica, dos reducciones al absurdo. La primera es que, ya que nuestro cerebro consume el 20% de nuestro oxígeno y de los nutrientes que circulan por el torrente sanguíneo, ¿cómo es posible que tengamos un órgano tan acaparador de alimento y que, al mismo tiempo, esté tan infrautilizado? No tiene sentido ese dispendio.

En la segunda, pregunta al lector si sabe de alguien que haya sufrido una lesión cerebral grave que no haya tenido efectos considerables. Quizá esa lesión tuviera lugar en ese 90% que no usamos? No, ¿verdad? ¿Podría alguno de los que dicen que solo usamos el 10% del cerebro vivir con medio cerebro tan alegre y campante? Usamos nuestro cerebro a fondo hasta durmiendo, así que imaginen todas las áreas del mismo que son necesarias para coger un vaso de agua de la mesa y acercarlo a la boca, por poner un ejemplo que parece sencillo.

Las técnicas de visualización de la actividad cerebral que los neurocientíficos han desarrollado permiten detectar la permanente actividad en distintas zonas del órgano rector, y que no hay ninguna que parezca estar de adorno, o a la espera de que alguien la active mágicamente. Pero estas cosas no las tuvo en cuenta el director del filme al que me refería arriba, ni el guionista, ni los que se dedican a promocionar estos productos, que engañan (engañan sobre engaño, y tiro porque me toca) al asegurar que la peli parte de hechos ciertos: es decir, que la trola del 10% está demostrada, y que doce premios Nobel (sin nombre) están de acuerdo, cosas que se pudieron escuchar en un telediario mentiroso. Así que da igual que la Johansson, con su cuerpo serrano, haga virguerías con su falso turbo-cerebro y se dedique a hacer volar a la gente de acá para allá y a pasar fragmentos de realidad congelada como si fuesen imágenes en una tablet: es mala ciencia ficción, porque se la han vendido a usted como basada en hechos ciertos, y como algo avalado por unos fantasmales científicos. Es un mal cuento de imaginación basado en chorradas, como la homeopatía, la sábana santa y el viaje astral. Incluso aunque se lo cuente Morgan Freeman, progresivamente encasillado como actor en Dios, presidente USA y fruslerías cósmicas. Incluso aunque el tráiler use al inicio, sin la más mínima vergüenza, una horrible versión del principio del Réquiem de Mozart para vender la moto.