Cosas raras

extraterrestres

Al público le gusta creer en cosas extraordinarias como en figuras extraterrestres / DA

Los autores sobre paranormaleríos variados se disparan cuando les hacen una entrevista publicitaria. Enlazan temas variopintos, totalmente heterogéneos, bajo el paraguas de la magia, un paraguas lleno de agujeros. Te sueltan a quemarropa cosas como islas fantasmas, casas encantadas, leyendas de luces misteriosas, masones, vampiros y platillos volantes. Y las batallas espectrales (sic), que son canela fina, sean lo que sean. Me parece que algunos vieron la saga de Star Wars y se creen que Obi-Wan Kenobi vive escondido en algún tuvo volcánico de Las Cañadas. ¿Por qué cree la gente en cosas raras? O dicen creer en ellas: me parecería muy llamativo, misterioso casi, que alguien lleve décadas escuchando las mismas historias, los mismos patrones de relatos, la misma colección de testimonios (con crédito limitado por naturaleza) con parecidos familiares, las mismas elucubraciones por parte de otros voceros, todos estancados en los mismos callejones sin salida, y siga tragándoselo todo a palo seco sin poner en duda, en su intimidad, nada de ello. Y luego están esos malditos científicos, que no prestan atención a lo que hago, o que, en realidad creen en la magia y en cuantas maravillas salen en Cuarto milenio, pero les da apuro decirlo. Supongo que la imagen de la ciencia que algunos manejan debe asemejarse a la del profesor chiflado de Jerry Lewis.

Según Michael Shermer, muchas personas creen en cosas raras porque se sienten bien creyendo en ellas. Son creencias reconfortantes, y dan sentido a la vida. Además, ofrecen gratificación inmediata, como los videntes. Lo paranormal, el misterio, la magia, son símbolos: remiten automáticamente a un mundo distinto y mejor, de calidad, sin los condicionantes materialistas de éste. Sin malos olores. Un mundo donde las enfermedades, en particular, son vistas como desequilibrios que una plétora de alternativos te puede sacar en unas pocas sesiones, en todo ese espectro que va del curandero de pueblo al doctor homeópata con consulta en la gran ciudad. Si a todo esto sumamos los rasgos psicológicos de cada persona, cómo percibe cada quien la realidad exterior y la interior -que no es igual en todos los humanos, por supuesto- y la pertenencia a una cultura donde este terreno quedó relegado, en su mayor parte, al mundo empresarial (libros, revistas, programas de radio y televisión), que es el medio que la gente usa para informarse e instruirse una vez abandona las escuelas, tenemos un escenario con el que hacernos una idea inicial de por qué la gente cree en cosas raras. Y además, porque la racionalidad y la crítica son, paradójicamente, bichos raros; no son herramientas naturales, al menos no con el grado de sofisticación necesario como para rechazar sobre la marcha al listo de turno que quiere vender sus refritos mágicos. En este sentido, la convivencia entre racionalidad e irracionalidad es inevitable, siempre estarán presentes, incluso mezclándose en la práctica.

Son innumerables los científicos que han creído en cosas raras. El caso más llamativo es el de los científicos (Crookes, Wallace, Richet) que creían en el espiritismo en una época donde la ciencia contaba aún con más prestigio que ahora. Mesmerismo, curación magnética e ilustración son contemporáneos. Lo irracional nunca ha regresado porque nunca se fue; siempre ha estado ahí y seguirá estando, aunque bajo nuevos formatos. Un ejemplo mínimo pero evidente: parte de los investigadores de ovnis y fenómenos extraños de las últimas décadas se han pasado a la historia alternativa, a informar de que no nos morimos nunca, realmente, y a contar historias de sucesos y anécdotas medio escabrosas como si ocultasen claves ocultas. Su criterio básico es las audiencias. No importa que San Borondón no existiera nunca, porque es imposible, ni que los extraterrestres no visitaran nunca Canarias, ni ninguna otra parte del mundo. Tampoco importa que las casas encantadas sean producto de una mala comprensión de cómo funciona nuestra percepción y del poder del rumor para impresionar a gente predispuesta en lugares que nuestra cultura considera tenebrosos. Ni que algunas personas piensen que un sueño en el que se sentían raptados por alienígenas ocurrió en la realidad externa. O que algunos confundan la historia con un escenario de maravillas postergadas por los aburridos historiadores y arqueólogos oficiales. Lo sorprendente, lo que es capaz de despertar la curiosidad de otros muchos, es precisamente lograr explicaciones racionales para este folclore contemporáneo, una especie de tecno-romanticismo para consumo de masas.

  • EduarD

    Yo realmente no se donde ven el problema en la gente opte por la homeopatía, o que crea cosas “raras” o lo que sea. Y tampoco se el interés que tiene este periódico en sacar polémica con este tema. ¿No se trata de una revista de ciencia? ¿No aparecen todos los días noticias de ciencia en todo el planeta lo suficientemente interesantes como para comunicarlas? Yo lo que veo es que existen por parte de este periódico unas ganas tremendas de difundir los “bienes” del pensamiento clásico: “te crees lo que yo te diga porque lo digo yo y es lo que vale”, o eso o hay intereses que no se comunican…
    Ya lo dijo Einstein (ese CIENTÍFICO que escribió miles de libros y no sólo sobre la teoría de la relatividad sino también muchos otros temas que no se publicitan), todo es relativo, lo que para mí es ciencia, para otro no lo será y viceversa. Para mí lo importante es respetar a las personas más allá de quienes sean o lo que crean. Y sigo pensando que detrás de esta serie de artículos “periodísticos” (que más bien son opiniones) hay un interés oculto, pero bueno también tengo la opción de no entrar más a leer estos panfletos… Un saludo.